Preservando el honor del pie de Ene

12 12 2007

Querido Diario,               

¡Hello! ¿Cómo vas? Yo regia aquí en Mancorane celebrando la fecha más importante de la historia de la humanidad, o sea: mi cumpleaños. Pero primero lo primero. Tú sabes que me he enterado que el huevón de mi hermano, Eme, no ha tenido mejor idea que publicar nuestras pequeñas conversaciones en la web. ¿Cómo es este país de indios, no? ¿Tú crees que la gente se dé cuenta que un país que gana cuanto concurso cojudo hay de hacer clicks en una web no solamente está diciendo que no tiene ni mierda que hacer todo el día sino que también deja claro que hasta huevear no sabemos? O sea, for real, entrar a www.lagringasofitienequecampeonarestasemanaenmaui.com  o www.aletadetiburonunadelas10maravillasmedicinales.com no es propiamente tech power-using, ¿me entiendes? 

Pero ya, ahora lo que toca. Tú sabes que hace poco me fui a pasear por esas dizque tiendas que quedan ahí por donde Jota tiene la costumbre de ir a caminar con sus amigos barbudos que se bañan solo cuando alguien les dice que es con agua empozada (aunque dicen que es para conservar el agua a pesar de que yo creo que es porque dentro de la gente de la especie de Jota oler a burro tipo que es como que sexy). En fin, creo que era Miraflores, cerca de un parque lleno de esos turistas que pareciera nunca fueron presentados al buen amigo desodorante (ni siquiera Aval, ¿puedes creer?) o que de verdad solo tienen pinta de turistas pero solo son choloblancos de Oxapampa.  

Bueno, en esa zona- tipo que súper aj- fui a comprar. Obvio que porque me llevaron unas amigas, o sea ¿te imaginas yo yendo a ese distrito a comprar por mi cuenta? ¡No way! Tipo que antes me chapo al hijo de Evo Morales con Monique Pardo y el Negro Mama.  La cosa es que a pesar de que todos los pelos del cuerpo se me escarapelaron como la última vez que vi a mi mamá saludar con beso a la jadamad, fui. Lo confieso. ¡Todo sea por mis amigas!  

Y a la mitad de mi paseo, no sabes. Se me acerca un vendedor de esos diosesitos incas esos que se roban de los restos arqueológicos de las casas de los abuelos de las jadamads para vendérmelos. Apreté mis dedos con furia. ¡Contra de todos los contras! ¡Live Water corazón! No sabes lo indignada que me sentí con la discriminación. O sea una cosa es que este ekeko andante haya sido uno de las personas que en la vida me vayan a ver caminando a media cuadra de un parque miraflorino y otra cosa totalmente diferente es que eso le dé derecho a pensar que yo voy a permitir que cualquier cosa que su mano haya tocado (que quién sabe en la teta cubierta por qué sostén de gamarra ha estado) se acerque a diez kilómetros de mi cuarto. Como dicen por ahí, ¿acaso no sabe para qué existen los restraining orders? Señor juez, pipilín que voy a permitir este atropello contra mis derechos humanos. 

Así que cuando el primo de todos los beneficiarios del Vaso de Leche se me acercó a venderme esa cochinada me dio patatús, mi zapato (¡no el mismo de la última vez, no se te ocurra que te quemo como libro prohibido en Alemania Nazi!) se atracó en la vereda y se partió en los mismos dos pedazos en los que dejó mi corazón. No sabes el dolor que fue aceptar que aquellos zapatitos Dolce habían dejado de existir. De pronto me di cuenta que como que estaba en una tienda de zapatos. Y en algún lugar de la cabeza (después de todo vivo en el Perú y la cojudez se contagia por osmosis) se me ocurrió comprar algo para por lo menos no caminar barefoot, no vaya a ser que la próxima vez en lugar de un vendedor de las estatuas de la cara de la empleada de Enita me venga uno de esos que limpia pensando que somos colegas. 

Rápidamente recordé cómo es que esos zapatos de serrano te pueden llegar a malograr los pies. O sea, acéptalo, no es por ser racista ni nada pero es que esos zapatos y yo simplemente no estamos hechos el uno para el otro. O sea, su destino es en una ruma de tabas acomodadas en la esquina de un cuarto compartido por cuatro indeseables, quizás al costado de esas sandalias de caucho de llanta nacional, lo que dista mucho del Reino de los Zapatos en el que viven mis bebés. Así que hice lo que tenía que hacer. Caminé sin zapatos (si solo entiendes idioma de oyente de Radiomar Plus-categóricamente superior- eso quiere decir “descalza”). Ensuciándome los pies, arriesgándome a que me entren vidrios (después de todo no creo que los amigos de Jota entren a un local a tomar una cerveza, se me hace que más bien participan de ese rito hereje de sacudir vasos de plástico en las esquinas) hice todo por preservar mi honor.

Llegada a casa, después de limpiar mis pulmones respirando en un Yuck Free Zone, me lavé los pies con Jabón Neko extra forte y después de una intensa sesión exfoliante y de hidratación miré con orgullo mi pie libre del olor a pécora que esas tabas jebosas de cuerina le hubiesen impregnado de aquí hasta que la Magaly Medindia deje la televisión. En serio, en serio, ¡qué bad!  

Tu hermana en la constante búsqueda por desterrar la huachafería de este país,

Ene. 

PD.- ¡Feliz día pes natzzz!


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